CULTURA | BILL CONDON DIRIGE A EMMA WATSON Y DAN STEVENS EN LA ADAPTACIÓN DE LA PELÍCULA CON LA QUE DISNEY CONFIRMÓ SU NUEVA EDAD DE ORO EN 1991

‘La bella y la bestia’, la magia no se puede copiar

Por JUAN RODRÍGUEZ MILLÁN. 20/03/2017

Todo lo bueno proviene del original y los 45 minutos más de su metraje no supone una mejora en ningún sentido.

Disney
Bella
Bestia

Cartel de 'La bella y la bestia'.

Disney ha entrado en una espiral tan peligrosa en lo emocional como rentable en lo económico. Sus revisiones en imagen real de sus grandes clásicos animados son películas que no enamoran, pero que dejan dinero en taquilla. Obviamente, Disney es una empresa, con lo que está de más discutir la eficacia de sus decisiones, pero para quienes entienden el cine como algo más que un negocio esta estrategia tiene sus peligros. La bella y la bestia los confirma. Pocos dudan de que la película original, la de 1991, es uno de sus pilares modernos, la cinta con la que confirmó su nueva edad de oro iniciada con La sirenita, la primera película de animación que consiguió ser nominada al Oscar en el categoría principal. Y dado que el objetivo de este revisión es recuperar aquellas sensaciones, es obvio que hay cosas buenas en la cinta que ha dirigido Bill Condon.

Todo lo que en La bella y la bestia de 1991 era especial, único, asombroso e inolvidable, aquí se convierte en algo previsible, conocido y a veces hasta rutinario. Se hace porque se tiene que hacer, pero la emoción no es ni por asomo la misma. Cualquier momento emblemático de la cinta original palidece en esta versión de 2017, por mucho que se quiera hacer igual. La escena del baile con el emblemático vestido amarillo de Bella, el momento en el que la heroína descubre la rosa cuyos pétalos marcarán el destino de la bestia, el memorable prólogo. Todo intenta repetirse, esto último alejándose en todo caso de la genialidad que supuso contar la historia con las vidrieras del castillo, pero la magia no se puede copiar. Condon se acerca todo lo que puede y más a la versión original, pero eso solo sirve para que la nostalgia se dispare e invite a recuperar la mítica cinta de animación.

El caso es que esta versión en imagen real dura 45 minutos más que aquella, pero cuando termina el filme no se tiene la sensación de que todo ese metraje haya servido realmente para algo. Hay alguna canción notable entre lo nuevo, y alguna notablemente versionada (en especial, Qué festín) pero poco más destacable en las aportaciones de esta versión. La bestia, encarnada por Dan Stevens, es menos aterradora en su presentación, por lo que su transformación es menos sensible. Bella, encarnada por Emma Watson, no alcanza el carisma que tenía la versión animada. Y así con todo, como con la revisión de los seres encantados del castillo de la bestia, menos atractivos y simpáticos en estas versiones digitales por mucho que en la versión original se haya buscado a actores de renombre como Ian McKellen, Ewan McGregor, Stanley Tucci o Emma Thompson.

¿Una película fallida? No, no es ese el problema. Es verdad que Condon no dirige con tanto brío como Kenneth Branagh se encargó de La Cenicienta o Jon Favreau de El libro de la selva, pero la película no es un desastre. Simplemente que quiere emular en todo a una película en la que no puede superar en nada. El debate no está en la calidad de la película, que llega a sus mejores momentos en el tramo final, cuando el Gastón de Luke Evans encuentra su vertiente más violenta y odiable, sino en la misma estrategia de Disney. El dinero de los nostálgicos de hace décadas y de los niños de hoy en día seguro que lo consigue, pero alcanzar su corazón como sí lo hizo La bella y la bestia de 1991 es algo muy distinto y que, por este camino, parece imposible de conseguir.

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